Una postura

Hoy he venido aquí, serenamente,
a decir que me voy, que nunca estuve,
que habité de verdad en una nube
y miraba hacia abajo indiferente.

Que nunca me importó nada la gente,
de su bien y su mal siempre me abstuve,
desde allí arriba yo me vi querube,
inmune a sus asuntos, diferente.

Donde todos buscaban compañía
yo solo vi rebaño o vi jauría.
Nunca lloré si decretaban llanto,
nunca reí cuando la multitud reía.
Pero si nunca le encontré el encanto…
¿por qué al marcharme lo lamento tanto?

T. Galindo ©

Ninguna diferencia

No bajó ningún dedo místico
a imprimirnos en la frente la señal.
Si te cruzas en la acera con uno de nosotros
no advertirás nada que nos diferencie.
Creerás tener enfrente un funcionario,
una maestra de primaria, un empleado de banca
sin las alas en los pies de Hermes
ni un aura romántica.
Pero si te fijas bien
verás que nos siguen pájaros,
que si uno de nosotros se sienta, pongo por caso,
en la terracita de un bar,
no tarda en verse rodeado de gorriones
que se posan en el respaldo de la silla
y, con extraña familiaridad, nos roban los cacahuetes
y andan entre nuestros pies
desanudándonos los zapatos los muy pícaros.
Lo tengo yo muy visto y me ha costado más de un tropiezo,
por eso llevo sandalias.
Si nos ves en pareja, nada de particular,
como cualquiera dos que vayan de la mano,
ya sabes, esa estampa tan vista en los parques,
dos amantes retozando sobre el césped
(esto antes lo impedía la policía de las buenas costumbres)
pero ahora es corriente ver las manos de uno entre los pechos de otra
y la de otra entre los muslos de él,
en fin,
que no pueden esperarse,
y se besan ardorosamente, locamente, tremendamente,
con lenguas de cachorrillos babosos,
delante de ese árbol y se dicen
mira, el corazón con nuestros nombres ahí arriba,
cómo ha subido,
en los cincuenta años que hace que lo grabamos,
y se van, metiéndose mano, eso sí:
la que no llevan con el bastón.
Lo tengo yo muy visto y me ha costado más de un tropiezo
lo de fijarme en los viejos amantes de los parques.
Esa muchacha en el autobús no te parecería distinta a ninguna otra,
si la siguieras por la acera no encontrarías diferencias,
su falda volandera,
su andar a saltitos, como los niños, pero más grácil,
su blusa florida
y se para en el semáforo como todas,
como todos.
Pero fíjate bien,
sí, en su pelo ¿ves?
su melena se mueve,
tiene vida
tiene su propio viento,
está en la fila y solo a ella le mece el aire los cabellos,
los lleva como un agua,
como una ola invisible,
las demás son como estatuas,
ella está viva, aleteante,
le ves palpitar el corazón bajo las flores de la blusa.
Lo tengo yo muy visto y me ha costado más de un tropiezo
con los bordillos cegarme en ese escote.
Y si van cuatro o cinco y cuchichean
discuten animados, beben vino, comen queso, fuman,
como cualquier grupito, dirás, que sabadea
y levantan la voz, ríen, niegan y perjuran.
Si te acercas oirás seguramente
el tema que les tiene belicosos:
¿nuestras medulas arderán tan gloriosamente?
¿nuestras cenizas aún tendrán sentido?
Lo tengo yo muy discutido y me ha costado más de una noche en vela.
Por lo demás, como ves,
ningún estigma hay sobre las frentes,
todo lo más alguna cara de ensimismamiento en la cola del pan,
algún levitar, muy leve, sobre los pasos de cebra,
alguna sonrisa imposiblemente giocondana en una niña sabia,
…nada que nos confunda con los ángeles.

T. Galindo ©

Cosas del oficio

Voy por la calle regalando rosas.
Les canto a las ancianas dulcemente,
las beso en las mejillas y consigo
que me crean el hijo que no viene
desde hace ya tres meses de visita.
Voy por la calle pisoteando charcos,
brinco, chapoteo, salpico,
me toman por un loco, pero ríen
porque tienen ganas de lo mismo,
su oficio se lo impide, son carteros,
conductores del bus, oficinistas,
pero el mío permite los excesos.
Siempre digo a las ciegas que están guapas,
a los gordos que tienen mejor tipo,
a los viejos lo bien que los encuentro,
a las madres con niños lo bien que se les crían,
a las viudas que miren para sí, porque la vida
se vive hacia adelante.
Voy por la calle regalando frases:
Así se baja un toldo, Federico,
como si dieras cuerda a la fortuna.
Así se riega bien una maceta, doña Carmen,
de anochecida, que beban los geranios
y no haya que ducharse el transeúnte.
Así tienen que oler a limpio los zaguanes
y brillar como un oro, Catalina.
Y le rasco a Linda la peluda frente
y quito una flor mustia del arriate;
me fijo en ciertas prendas que hay tendidas
donde la solterona del tercero,
pienso que ya era hora y que me alegro.
Voy por la calle silbando, aunque bajito,
llevo mi propia música conmigo
de fondo de frenazos y bocinas
y de bullangas y de griteríos.
Voy por la calle regalando embrujos,
le echo el mal de ojo a ese que vende
lo que no hay en estancos ni farmacias;
a ese que su mujer siempre va triste
le lleno de alfileres un muñeco;
el diablo y yo tenemos la partida a medias,
un día gana él y otro yo pierdo,
pero no la esperanza y eso le irrita,
me la quiere quitar… pero resisto,
va para largo el juego.
Son cosas del oficio,
voy por la calle regalando holas,
adioses, hastaluegos, ayer te vi pasar,
qué bien te sienta el pelo recogido en coleta,
me alegro de saber que has aprobado,
he ido al hospital y ya mejora pero
va para largo el juego.
Voy por la calle regalando cosas,
pañuelos de papel a la vecina
globos para los gemelos,
uno para cada uno y no discuten;
pipas para las niñas ¡no las escupáis al suelo!
Voy por la calle regalando rosas,
me pregunto si no sería mejor ir regalando
(mejor para la humanidad, me refiero)
ir regalando balazos en la nuca,
sabiamente escogidos, me pregunto,
y luego me contesto: son cosas del oficio
este que tengo.

  T. Galindo ©

Nana para hacer cosquillas

Las niñas son de nata,
los niños de limón,
les gusta columpiarse
pero de dos en dos
y también hacer pompas
con agua y con jabón.
Los niños y las niñas
parecen una flor
que dejó la maceta
para jugar mejor
y gritan, saltan, corren
sin parar el motor
y si los tocas notas
en su pecho un tambor.
Los niños son de agua,
las niñas son de brisa,
están llenos de conchas,
encajes y de risas,
y tienen los bracitos
repletos de cosquillas.
Tienen los ojos grandes,
abiertos y redondos
de mirar que se escapan
hasta el cielo los globos.
Los niños son de fruta,
las niñas de pastel,
tienen algo en el cuello
que hace que huelan bien,
parecen de cereza
de suave que es su piel
y sus mamás les comen
a besitos los pies.

T.Galindo ©

Habría que matarlos a todos.
No, no, dejémonos de imposturas,
de buenismo postizo
¡es lo que planteamos en lo más íntimo,
en lo más recónditamente inaccesible
de nuestros pensamientos!
¡Deshacernos de todos ellos!
¡Qué alivio, el mundo, cómo respiraría
sin ellos!
Está mal decirlo en voz alta
y, seguramente, ni a los amigos más cercanos
abrirías así tu corazón y se lo soltarías.
Es más, si te preguntan, si te lo preguntasen
tú seguramente lo negarías
¡no se puede ir por ahí propalando
las ventajas de la masacre! La masacre,
por muy selectiva que sea, está mal vista,
incluso la que desde el punto de vista de la evolución
representaría un impulso positivo
hacia la perfección.
Así que no lo digas en voz alta
y si lo piensas, mejor en la intimidad,
ciertas cosas es mejor pensarlas en despoblado,
no sea que alguien repare en tu sonrisa beatífica,
en tu gesto de placer a deshora y a desmano
en el metro, entre las multitudes
y te señale con el dedo y te descubra:
¡Tú estás pensando en matarlos!
Guárdalo para ti, pero que sepas
que no estás solo, que somos muchos
los aspirantes a asesinos, los homicidas frustrados,
los que los vemos y nos llevamos la mano
a una imaginaria pistolera y ¡oh!
no tenemos el arma necesaria
pero sí la intención.
Sí, deberíamos deshacernos de todos ellos,
al menos recuperar la denostada pena de muerte
y hacerlo con una cierta burocracia,
la liturgia fúnebre siempre ha servido bien
a todo crimen que hubiera que excusar,
desde echar cristianos a los leones
hasta quemar brujas o herejes,
desde crucificar esclavos rebeldes
hasta fusilar todo tipo de sublevados.
¿Por qué no emplear todo ese conocimiento
sobre la aniquilación con bula y método,
por una vez, para algo realmente útil y saludable?
¡Si todos sabemos que son una lacra!
¡Si estamos de acuerdo en que deben desaparecer!
!Si sus formas oscuras crecen y medran
y apagan las luminarias de la civilización
precisamente porque no las atajamos,
porque por un concepto erróneamente sublimado de lo humano,
de lo justo, de lo legal,
de lo bueno,
les dejamos seguir imponiendo su inmoral autoridad,
su imperio de la noche,
su cocodriláceo, leonino, córvido
reparto de los bienes,
su vampírico, garrapático, sanguijuelero
orden de prelación de gentes, razas y países.
Sí, quizá ya vaya siendo hora de levantar los ojos,
de empezar a mirarnos unos a otros
y descubrirnos y reconocernos unánimes,
de notar los gestos,
de cambiar el rechinar de dientes por el habla,
de dejar de mirar a otro lado
y ver que enfrente alguien también
te está mirando a la cara, claramente,
sin esconderse.
Sí, quizá ya va siendo hora de quebrarles los huesos,
de arrebatarles lo que arrebataron,
de replantar lo que talaron,
de alzar lo que arrasaron,
de limpiar la tierra de su suciedad
y de abonar el futuro con sus cenizas.

   T. Galindo ©

Recordando a los Hermanos Tonetti

tonetti.jpg

No sé por qué (misterios de la mente y sus extrañas ligazones con las imágenes televisivas), viendo en la tele un reportaje sobre la vida de los inmigrantes, y sus muchos padeceres y miserias, me vino a la mente una entrevista también televisiva a ese gran payaso que fue Pepe, el mayor de los Tonetti. En la entrevista le preguntaban por su hermano Manolo y, recordándolo con cariño, dijo de él que tení­a una faceta que desconocí­a el público, y era la de su visión seria y llena de humor de la sociedad. Una faceta que era sin duda clave de su éxito, ya que en su espectáculo era habitual que nombrara y sacara jugo cómico a las noticias locales de allí­ donde estaban con su circo, y que era lo que enganchaba al público mayor de edad. Pero los tiempos no estaban para crí­tica social (menos por parte de payasos) y se limitaban al chiste blanco. Pepe, en esta entrevista contó un chiste de su hermano, con real admiración, que es espejo y relato de un tiempo afortunadamente pasado, reflejo de hambres y miserias y poquedades, y que es lo que ahora hizo que alguna de mis neuronas, viendo el reportaje de los inmigrantes, enganchara con aquella otra que atesoraba el recuerdo de estos hermanos. Me imagino a Manolo Tonetti con su cara blanca y su inmensa ceja colorada, con aquella gracia, contándolo:
Dice que habí­a un peón que trabajaba picando piedra y cargando tochos y lo que le mandaran, que pasaba el dí­a en el tajo sudando, porque tení­a una familia que mantener viviendo en un chabolo. Y cada dí­a la mujer le mandaba a uno de los chiquillos con la tartera para que comiera en la obra. Fue un buen dí­a uno de sus chiquillos, pues, con una bolsita de esas de red y la tartera bien tapada dentro, a llevársela a su padre. Y andaba el crí­o, como corresponde a alguien de su edad, brincando por los montones de cascotes y resbalando por los de arena y cal, y haciendo el indio, arreándole unos tremendos meneos a la tartera. En estas que le ve el capataz en ese plan y le espeta:

-¡Niñoooo, ten cuidao, que te se va a derramar la salsa!
Y el niño, repentinamente serio, le contesta.
-Poooo… como no se le sarten la lágrima ar arenque…