Mal pagan los poetas

La rosa blanca que plantó el poeta
se supo viva, única, preciosa,
y no se conformó con ser la rosa
que ve pasar la vida en su maceta.
El poeta le dijo estate quieta
porque yo te hice flor, no mariposa,
que tú eres la belleza que reposa
y la quietud te enmarca y te completa.
Y fue la bella que reinó un momento
un asombro de gracia y hermosura.
Luego se marchitó. Con un lamento
se desmontó su linda arquitectura
y sin mostrar ningún remordimiento
el poeta la echó, sin más, a la basura.

  T.Galindo ©

Adiós, libro, adiós

 

Y aquí duermen el sueño de la cultura la mitad de ellos, en esta librería de la biblioteca del Instituto de Otxarkoaga, en Bilbao:

Invento de día

Así me invente yo un día sobre todos,
un día que antes de amanecido ya tercamente brille,
un día capaz de abrir las puertas y, saliendo,
riegue las calles y corra las cortinas.
Un día miércoles que huela a buen domingo,
a feriado con banda y farolillos,
un día tonto para matar el tiempo
con amigos, con cháchara, de paseo,
que me cante el agua bajo el puente
y la chicharra bajo los geranios
y cuando mire al cielo, pajarillos
escriban amor allá en lo alto
y llevando del brazo a la más bella.
Así me invente un día que me huela
a buñuelo y limón, hierba cortada,
a ti cuando despiertas,
a después de la lluvia junto al río.
Un día colosal con un letrero
que señale el camino luminoso
por donde van los niños correteando
con los ojos enormes y redondos
y el corazón tocando sus tambores.
Un día de campanas y mugidos,
de gallos sin reloj a media tarde,
de mujeres cantando en la azotea
y de chiquillo que reclama teta.
Un día inventaré que sea redondo
como un mundo sin espinas,
donde manden los ceros a la izquierda
y levanten estatuas a los sueños.

    T.G.