En la panda, por aquello de que se llamaban igual, a Ángel María y María Ángel siempre los acababan poniendo juntos. Ellos dos no tenían mucho contacto, se conocían a través de amigos comunes, pero tenían otra cosa en común, además de algunos amigos y el nombre: los dos eran introvertidos y andaban siempre un poco cada uno por su lado, vamos, a su bola que se dice.
Una noche que fueron a un cine de verano también acabaron sentándose juntos, al final de la fila, y mientras se sentaba la gente, abrían los paquetes de palomitas y pateaban algunos aquello de «que empiece ya que el público se va», él se quedó mirando detenidamente la larga y oscura melena de ella, una melena que le llegaba hasta más abajo de la cintura.
-¿Qué me miras, chico?
-Tu melena, qué larga es. Tienes un pelo muy bonito.
Bajó un poco la mirada y se decidió a confesarle un secreto.
-Es que de niña una vez tuve piojos y mis padres se asustaron, me cortaron el pelo y me hicieron llevarlo siempre corto por si acaso me volvía a pasar. Y como iba a un colegio de niñas siempre me tocaba hacer de San José. Me daba mucha rabia, y encima despertaba envidias porque a otras les tocaba hacer de pastorcillas y el mío era un papel más importante. Me ponían una barbita… ufs, no quiero ni acordarme. Así que en cuanto pude me dejé crecer el pelo.
-¿En serio? – dijo él abriendo unos ojos como platos – Hostia, a mí me pasaba al revés. Como era un niño rubito, a mi madre no se le ocurrió mejor idea que llevarme siempre con melenita ¡y siempre me tocaba hacer de paje!, siempre iba por ahí con los reyes magos llevando medias y trajecitos ridículos. No veas cómo se metían todos conmigo, me llamaban la sota y angelito y, vamos… por eso ahora llevo el pelo tan corto.
Se apagaron las luces, empezó la película, y en la oscuridad de aquel cine de verano se dieron, por primera vez, la mano.
A Marigé
mmm…